// Estás en: >
  • Imprimir
  • Enviar a un amigo

Intervención de la Vicepresidenta primera del Gobierno, Ministra de la Presidencia y Portavoz del Gobierno en la Clausura del 2º Congreso Internacional África-Occidente

16/10/2010. Madrid.

Rector, autoridades, señoras y señores

Hace ya algún tiempo, en el tercer Encuentro de Mujeres por un Mundo Mejor, que celebramos en Niger, alguien me contó un hermoso proverbio africano que dice: “puedes caminar solo hasta la vuelta de la esquina; pero si el viaje es largo y quieres llegar lejos, rodéate de amigos”.
Creo que precisamente eso, nuestra determinación de caminar juntos para llegar lejos, es lo que expresa este congreso.

Un lugar de encuentro para las convicciones que generan ideas, para las ideas que llevan a compromisos, para los compromisos que se traducen en hechos.

Es un placer participar con todos ustedes en este Segundo Congreso Internacional África-Occidente y no podía haber mejor lugar para celebrarlo que este recinto universitario, casa de la reflexión y el conocimiento, en esta ciudad abierta, en esta comunidad que ha sabido hacer del futuro una esperanza siempre renovada.

No podía haber mejor lugar porque, en este momento de cambio en el que estamos dibujando los contornos del mañana, vamos a necesitar precisamente eso: conocimiento, apertura y esperanza.

Por eso, permitidme que mis primeras palabras sean para felicitaros por la labor que estáis realizando.
En 2007, colocasteis los cimientos de un proyecto que hoy, gracias al éxito de este segundo congreso –y basta ver la calidad de los participantes-, se está consolidando como un punto de encuentro para reflexionar y actuar conjuntamente en un mundo que nos exige unir fuerzas.

Y lo cierto es que es mucho lo que ha cambiado el mundo, lo que han cambiado nuestros países y continentes en estos años.

La historia tiene el hábito de desmentir nuestras previsiones y de cuestionar aquello que creíamos asentado y, en estos tres años, situaciones que entonces nos costaba imaginar se han hecho realidad.
Ideas, valores, principios y políticas en las que muchos creían a pie juntillas han quedado desmentidos por la historia y condenados por el tribunal de la opinión pública.

Hoy sabemos que el desarrollo económico, político y social no puede apoyarse –tal y como muchos pretendieron- en el afán de lucro desmedido, sino en la responsabilidad compartida.

Sabemos que el egoísmo individual no puede ser, nunca será, la piedra angular del progreso social y que debemos recuperar esos valores -el interés general, el trabajo bien hecho y el compromiso social- que muchos quisieron relegar.

Es cierto, vivimos una época de profundos cambios, sin duda, pero creo que sobre todo nos encontramos ante un profundo cambio de época.

Ya estamos dejando atrás la crisis global, pero para pasar la página de las dificultades que estamos afrontando debemos asegurarnos de haberla comprendido. Sólo así evitaremos volver a repetir los mismos errores.

Porque de lo que seamos capaces de aprender, de nuestra imaginación y nuestra iniciativa, dependerá si construimos una sociedad, un mundo en el que el progreso esté al servicio de nuestras necesidades o un mundo en el que el futuro y la esperanza queden enterrados bajo la montaña de nuevas y antiguas injusticias, de nuevos y antiguos prejuicios.
Hace poco escuché a una jovencísima novelista nigeriana, Chimamanda Adichie, prevenirnos de los peligros de lo que ella llama la “historia única”.

La novelista contaba que cuando ella era pequeña, su madre les decía que la familia que les ayudaba en casa era muy, muy pobre.

Por eso, en una ocasión en la que fueron a visitarles, a ella le causó verdadero asombró que les regalasen una preciosa cesta que habían hecho con sus propias manos. Nunca se había parado a pensar que pudiesen tener semejante habilidad, ni que fuesen tan generosos como para hacerles un regalo, ellos que apenas tenían nada.
Por eso, las historias nunca son, no pueden ser únicas. No por que no digan la verdad, sino sencillamente porque no lo dicen todo. La realidad siempre es poliédrica, porque la historia, la vida es siempre mucho más rica y más compleja.

Y lamentablemente, con mucha frecuencia, con demasiada frecuencia, en Occidente hemos ido construyendo una historia única sobre África, nos hemos acostumbrado a escuchar un relato que nos muestra una única perspectiva, y no siempre la mejor perspectiva, de ese continente.

Sin embargo, quienes hemos tenido, quienes tenemos la suerte de compartir ideas, proyectos e ilusiones con países, pueblos y gentes de toda África sabemos que la realidad es muy distinta.
Que ciertamente en el continente africano hay muchas dificultades, sin duda, pero que por encima de todo, hay muchas esperanzas, mucha fuerza, mucha decisión para salir adelante.

Sabemos que sobre esos sueños, esa fuerza y esa esperanza se han ido construyendo nuevas realidades por las que merece la pena seguir trabajando.

Sabemos que en estos últimos diez años el incremento del Producto Interior Bruto ha sido más rápido en la mayor parte del continente que en el conjunto del planeta, y, que en buena parte de los países crece la clase media.
Sabemos que la desnutrición se ha reducido a la mitad, que la mortalidad infantil ha caído más de un 17% y que la esperanza de vida ha aumentado dos años.

Sabemos que dos tercios de la población africana ya puede leer y escribir y nunca ha habido tantos estudiantes, especialmente mujeres, en las escuelas y universidades.

Sabemos que en el año 2000 casi 50.000 personas murieron en conflictos armados en el África subsahariana y que una década después el número se había reducido a 6.000.

Esa es la realidad de África que yo conozco, la de hombres y sobre todo, mujeres que –como en todo el planeta- trabajan para sacar adelante a sus familias y hoy tienen la esperanza de poder hacerlo;
La de mujeres y hombres que –como en todo el planeta- se niegan a ser sólo víctimas de su pasado y están decididos a ser los verdaderos protagonistas del futuro de sus vidas y la de sus comunidades.
Esa es la realidad de África, de sus hombres y mujeres. La de pueblos, países y gentes que saben que aún queda mucho por avanzar, sin duda, y que el camino será largo, por supuesto, pero que han iniciado el camino, que han comenzado a caminar y hoy todo el continente está en marcha.

Señoras y señores, amigas y amigos,

Venimos de lugares distintos y distantes, de países, culturas y pueblos diferentes, pero, en diferentes idiomas, todos hemos escuchado a nuestros mayores decir que querían algo más para nosotros y nosotras, que trabajaban para que pudiésemos tener lo que ellos apenas se podían permitir soñar.

Creo que, poco a poco, con compromiso y con determinación estamos logrando avanzar hacia eso que para las generaciones que nos precedieron fue sólo un sueño.

Poco a poco, los pueblos y las naciones de África están construyendo un mañana mejor para todos sus habitantes y ofreciendo algo mejor a las generaciones que les sucedan.

Y si alguna historia nos habla de personas decididas a tomar las riendas de su destino, de personas comprometidas con la paz, el progreso y el desarrollo de sus comunidades, esa es la historia de las mujeres africanas.
Porque es cierto que, como decía Wangari Maathai, las mujeres se han convertido en el verdadero polo del progreso de sus familias y sus pueblos.

Es cierto que hoy son el principal motor económico del continente. Que generan el 90% de los alimentos, que sustentan a más del 40% de las familias africanas.

Que tienen en sus manos el 90% de la economía informal o lo que es lo mismo, la mayor parte de la actividad económica real.

También que suelen invertir sus ganancias en provecho de su familia y en sectores que -como la nutrición, la sanidad y la educación- son los pilares del progreso económico y social.

Por eso es importante seguir avanzando en igualdad no pese a la crisis económica, sino precisamente debido a la crisis, para dejarla definitivamente atrás e ir construyendo un mañana mejor para todos.

Es importante que hoy, cuando todo el planeta se esfuerza en buscar una estrategia segura de progreso hacia esa economía responsable que tanto necesitamos, seamos capaces de comprender que ya no sólo se trata de crecer para aumentar la igualdad, sino más bien de aumentar la igualdad para crecer más y hacerlo más rápidamente.
Que obstaculizar el acceso de las mujeres a los recursos financieros, tecnológicos, educativos y políticos no responde a ninguna división natural del trabajo sino a la arbitrariedad social y a la más profunda irracionalidad económica.

Por eso, necesitamos aadministraciones y Gobiernos que nos permitan no sólo conservar lo que ya hemos alcanzado, sino avanzar mucho más.

Que luchen contra la falta de acceso de las mujeres a activos como la tierra, la tecnología o el capital.
Que faciliten el acceso de las mujeres a los puestos de decisión tal y como nos corresponde, en pie de igualdad
Que atiendan a la Salud Sexual y Reproductiva de las mujeres y la Violencia de Género.
Que garanticen la igualdad en el acceso a la educación.

Necesitamos administraciones y gobiernos que nos aseguren no sólo que tenemos derechos, sino que podemos ejercerlos. No sólo que seremos tratadas como si fuéramos iguales sino ser realmente iguales como titulares de esos derechos.

Porque es cierto que, en este momento de incertidumbre global, el avance y el progreso social pueden tomar muchos caminos, pero ninguno de ellos debe ser de retroceso. Ninguno de ellos puede parar ese verdadero motor del progreso económico, político y social que es el avance de la igualdad, porque de ello dependerá en buena medida, no sólo el bienestar de los millones de mujeres del continente, sino de toda la sociedad

Por eso, conscientes del papel que debe tener África en ese nuevo mundo que estamos construyendo y del papel protagonista que les corresponde a las mujeres en el provenir de África, el Gobierno de España ha hecho de la colaboración con ese continente y de la igualdad de género una de sus señas de identidad.

Lo hicimos con el Plan África, que ha marcado un punto de inflexión en la política exterior española al atribuir, por primera vez, a las relaciones con el continente africano una atención preferente.

Una nueva atención, una nueva mirada que se ha traducido en la apertura de nuevas embajadas, oficinas consulares y sedes del Instituto Cervantes.

También en las cifras de la cooperación y la ayuda al desarrollo que hemos multiplicado por ocho en estos seis últimos años.

Una nueva mirada que sabe que, en África, como en cualquier otro lugar de nuestro planeta, el lenguaje del progreso económico y social es el lenguaje de la igualdad y por eso hemos hecho del respeto a los derechos humanos y la equidad de género dos líneas maestras de nuestra política exterior.

Dos líneas maestras que ya tienen un referente en los encuentros de Mujeres por un Mundo Mejor en los que cientos de mujeres africanas, europeas y cada vez más de otros continentes nos reunimos para acordar nuevas vías de actuación, evaluar los logros que hemos alcanzado y adquirir nuevos compromisos que nos permitan ir avanzando la agenda del desarrollo en igualdad.

El año pasado, en Valencia nos dimos cita más de 500 mujeres de 50 países y en 2011 nos volveremos a encontrar, esta vez en Namibia, para seguir trabajando por el progreso y la igualdad en un mundo en el que sabemos que todos y todas dependemos cada vez más de todos los demás.

Amigos y amigas,

Comenzaba estas palabras recordando ese proverbio africano que pone en valor la cooperación y la amistad.
Hoy todos sabemos que debemos emprender un camino que no podemos recorrer solos.

Que para aprovechar todas las oportunidades de esta nueva era y responder a todos los retos a los que nos enfrentamos –el cambio climático, la desigualdad y su secuela de resentimiento y violencia, la seguridad nacional e internacional- no podemos caminar solos.

Apenas 14 kilómetros separan a nuestros continentes, y sin embargo durante demasiados años hemos vivido unos de espaldas a otros.

Pero la historia no espera y es tiempo de hacer de esos lazos que unen no sólo una necesidad para progresar, sino un ideal en el que creer y por el que trabajar.

Es tiempo de cerrar viejas brechas y de tender nuevos puentes.

Seamos dignos de esa esperanza porque sólo así aseguraremos nuestro progreso y nuestra libertad, la de nuestros hijos y la de los hijos de nuestros hijos.

Felicidades por este segundo Congreso Internacional África-Occidente. Estoy convencida de que disfrutaremos de un tercero, y de un cuarto, y de que esta experiencia nos ayudará a cumplir con ese objetivo.

Muchas gracias.