Intervención de la Vicepresidenta Primera, Ministra de la Presidencia y Portavoz del Gobierno en Agora 2010
07/10/2010. Madrid.
Vicepresidente, señoras y señores, amigas y amigos.
Alguien dijo que la cultura es nuestra mayor obra de arte y que, del mismo modo que los colores se transforman al contacto con otros colores, nuestra experiencia, nuestra vida es el resultado final del contacto con otras vidas, con otros horizontes y otros colores.
Bienvenidos amigos y amigas a esta milla de oro de la cultura, a este eje cultural de la capital de España que –no podía ser de otro modo- está profundamente impregnada de Iberoamérica.
Este mismo lugar en el que nos encontramos, el Jardín Botánico, fue concebido y remodelado en gran medida para acoger las plantas llegadas del nuevo mundo.
Desde el Museo del Prado a la Casa de América, desde la Biblioteca Nacional a la Plaza de Colón.
En pocos lugares es más evidente esa comunidad iberoamericana que en esta milla que concentra siglos de arte, de pensamiento, de escritura y cultura que nos enorgullece, que nos identifica y que compartimos.
Por eso, señoras y señores, porque hay ideas en las que todos nos encontramos y hay encuentros que mueven a las ideas, Ágora quería ser la expresión de esas voces diferentes pero que comparten una misma convicción, una misma determinación, un mismo sueño.
La convicción de que el futuro de la comunidad Iberoamericana no pasa sólo por coaligar Estados, sino sobre todo, por encima de todo, pasa por unir personas.
La certeza de que Iberoamérica no es, no puede ser sólo un conjunto de instituciones, es sobre todo un compromiso con unos valores, con un futuro, con una idea y un proyecto.
Recuerdo que en 1991, cuando celebramos la primera cumbre iberoamericana en Guadalajara, el objetivo que nos propusimos era avanzar en un proceso político, económico y social común que aún daba sus primeros pasos.
Era consolidar la democracia, las libertades públicas, las instituciones políticas en nuestros países y nuestros continentes.
Hoy, 19 años más tarde, creo que podemos señalar que las amenazas al orden democrático son una rara excepción ante la que todos los pueblos iberoamericanos reaccionamos con un mismo sentido de repulsión, rechazo y condena.
Así lo hemos comprobado estos días ante los sucesos acontecidos en Ecuador. Sucesos ante los que, no sólo la comunidad iberoamericana, sino toda la comunidad internacional ha dejado meridianamente claro que nadie, absolutamente nadie puede traspasar las líneas rojas de la democracia.
Hoy todos sabemos que la violencia proviene del miedo a las ideas de los demás, sin duda, pero sobre todo de la poca fe en las propias ideas.
Sabemos que la imposición y la violencia no son una expresión de firmeza, son sólo impotencia, y la democracia no admite chantajes, imposiciones ni tutelas.
Nada ni nadie sacará a la involución del único lugar en el que le corresponde estar: el baúl de los malos recuerdos al que ya le han condenado la historia y los pueblos de toda Iberoamérica.
Y ahí irá a parar también esa terrible lacra que es el terrorismo. Un objetivo que alcanzaremos unidos y decididos frente a la violencia.
Porque todos somos muy conscientes de que la cooperación y la confianza, la confianza en la democracia y entre las democracias, son nuestra mejor arma contra la sinrazón de los violentos.
Porque la política exterior de nuestros gobiernos, la colaboración con otros países, no pueden ser un arma arrojadiza en la confrontación partidista, porque esa práctica, además de ser profundamente irresponsable, en nada beneficia la lucha contra el terrorismo.
Vicepresidente Garzón, todos los países aquí representados, pero muy especialmente Colombia y España sabemos por experiencia que esto es así. Conocemos el gran valor de la cooperación en la lucha contra el terrorismo, contra el crimen, contra los violentos, y cómo los ciudadanos son los beneficiarios directos de esa colaboración.
Y cada día vemos que son más los países que se suman a esta convicción de palabra y de hecho, independientemente de ideologías o de programas políticos. Porque este es un camino en el que no puede haber marcha atrás.
Por eso, hoy, con una democracia que se extiende por todo el continente, nuestro objetivo es otro. Es reforzar sus pilares, es hacer realidad su promesa.
Esa promesa de libertad e igualdad que recogen nuestras constituciones y que deben ser mucho más que retórica legal y convertirse, para los 600 millones de personas que forman esta comunidad, en práctica real.
Y convertir esos derechos en verdaderos hechos, pasa por reducir los desequilibrios que persisten en una de las regiones que mayor crecimiento económico ha experimentado en los últimos quince años, pero que pese a ello sigue siendo de las más desiguales de nuestro planeta.
Pasa, en Iberoamérica como en cualquier democracia, por construir ciudadanía, por avanzar en legitimidad, en justicia social, en igualdad, en consolidación institucional.
Pasa, en Iberoamérica, en Europa, también en España, como en cualquier otra democracia, por unos responsables políticos que hagan de las instituciones y de sus propios partidos esa casa de cristal, esa casa transparente en la que todos rindamos cuentas de nuestros actos.
Una casa en la que digamos no a la corrupción sin silencios cómplices ni declaraciones evasivas, sino actuando con claridad, contundencia e inmediatez por la honestidad y la credibilidad de nuestras democracias.
Y ahí no pueden contar cálculos electorales ni intereses partidistas, sólo puede contar el interés general y la confianza en las instituciones que todos estamos obligados a generar y a proteger.
La lucha contra la corrupción debe ser una lucha clara, y rotunda. Una lucha compartida por todos, un compromiso de todos y para todos, porque todos nos jugamos mucho en el envite.
Porque contra la corrupción, al igual que contra el terrorismo, todos debemos actuar de la misma manera, sin contemplaciones y sin subterfugios. Todos debemos enfrentarnos a ella de la misma manera. Corrupción, igual a tolerancia cero. Esa es la vía para que los ciudadanos recuperen buena parte de su confianza en la política y en los políticos.
Porque reforzar nuestra democracia pasa por asegurar la responsabilidad política, por unos poderes públicos que, más allá de contar votos, se aseguren de que cada uno de esos votos cuente y cuente por igual.
Pasa en definitiva por avanzar en cohesión social, y por eso hemos querido que precisamente eso, la cohesión social, sea el tema central de la reflexión en esta ágora iberoamericana.
Cohesión, porque materializando los derechos legales en bienestar real ponemos los cimientos más sólidos de la estabilidad política, económica y social.
Ese es el gran reto de las democracias, de todas las democracias, construir sociedades en las que los fuertes sean más justos en el uso de la fuerza y los justos más fuertes en la defensa de la justicia.
Sociedades en las que cada uno se sienta solidario y responsable hacia su país, hacia sus conciudadanos, hacia su comunidad
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Sociedades en las que viejos y nuevos retos –la lucha contra la desigualdad, contra la fractura de la pobreza, contra la brecha tecnológica, el cambio climático o las amenazas a nuestra seguridad- se conviertan también en oportunidades para avanzar.
Y dar respuesta a todos esos problemas, convertir el reto de la cohesión social en una oportunidad, nos exige plantearnos una nueva forma de entender nuestra sociedad.
De entender y practicar la relación entre lo público y lo privado, entre lo colectivo y lo individual, entre el Estado y la sociedad.
Porque hoy sabemos -y la crisis tan dura que hemos atravesado nos lo ha demostrado una vez más- que contrariamente a lo que muchos se empeñaron en señalar, ganar estabilidad económica, social e institucional supone aumentar la responsabilidad y el compromiso social.
Sabemos que, en este nuevo mundo que está en ciernes, un Estado fuerte necesita un mercado fiable, responsable y solvente, pero también que un mercado fuerte necesita unas instituciones fiables, garantistas, responsables y solventes.
No se trata ya, por tanto, de la vieja discusión entre más o menos Estado ni de más o menos sociedad, se trata de instituciones políticas y sociales al servicio de la ciudadanía y de su bienestar.
Se trata de hacer de la política lo que siempre ha sido, la gran herramienta del cambio social.
Ese es el papel que les corresponde hoy a los poderes públicos y a la política, no situarse frente a la sociedad o ante la sociedad, sino con la sociedad y en la sociedad.
El reto de nuestro tiempo es ir más allá del Estado guardián que quería el credo neoliberal, pero también de ese Estado protector que se limita a actuar allí donde falla la iniciativa particular. Es, en definitiva, avanzar hacia un modelo de instituciones públicas, de Estado capacitador de la ciudadanía.
Un Estado que no nos diga qué debemos hacer con nuestra vida pero nos garantice a todos que no quedaremos desamparados ante la enfermedad o la necesidad, porque eso es lo contrario de la libertad.
Que sepa reconocer que es cierto que no todos tenemos los mismos talentos, pero debemos tener las mismas oportunidades de desarrollar esos talentos con una educación universal y de calidad.
Que no nos imponga lo que debemos creer o qué debemos pensar pero nos garantice a todos que podremos hacerlo en completa libertad, con canales de participación libres, accesibles y abiertos. Con unos medios de comunicación plurales que sirvan de verdadero cauce de expresión social.
Un estado capacitador que garantice el equilibrio entre el legítimo beneficio particular y la responsabilidad colectiva, la solidaridad y la corresponsabilidad fiscal.
Que dé protagonismo a esos nuevos actores –poderes locales, movimientos ciudadanos, organizaciones no gubernamentales- que habitan, comunican y llenan de sentido el espacio que une las instituciones y la sociedad.
Y por eso, porque creo que ante lo que estamos no es sólo ante una época de profundos cambios, sino más bien ante un verdadero cambio de época, me alegra ver rostros jóvenes en esta sala.
Porque sin duda los jóvenes son el futuro, pero yo creo que hoy más que nunca ya sois el presente.
Lo sois porque en vosotros lleváis el latido, el pulso de esta aldea global en la que se ha convertido nuestro planeta.
Lo sois porque los jóvenes de hoy, que seréis los líderes de mañana, no tenéis que reconvertiros a esa agenda global de la que todos hablamos simplemente porque habéis crecido en ella.
Porque para vosotros las nuevas tecnologías, la conciencia medioambiental, la solidaridad nacional e internacional, la inquietud por la cohesión social, la rebelión ante las injusticias; todas esas palabras, esos valores y esos principios sobre los que ya se está diseñando la nueva arquitectura global, no son algo nuevo ni aprendido, son simplemente parte de vuestra experiencia vital, de vuestra propia identidad.
Vosotros conocéis mejor que nadie el código genético de este nuevo siglo y para vosotros ya han quedado atrás, muy atrás, buena parte de los lastres, de las amenazas a la libertad, de los prejuicios y los temores estrechos de miras que marcaron el pasado siglo y eso, para todos nosotros, para toda Iberoamérica, es una excelente noticia.
Amigas y amigos,
Vivimos uno de los períodos de mayor complejidad en nuestra historia. De las decisiones que hoy tomemos depende en buena medida el mundo en el que viviremos y el mundo que legaremos.
Un mundo que está más abierto que nunca y que nos demanda a todos audacia, reflexión y lucidez.
Y ese es el sentido de Ágora. Un foro para el diálogo y la discusión libre y abierta. Un foro para la reflexión, para el compromiso y para la actuación. Para seguir recorriendo ese camino hacia el futuro que pasa por la cohesión, la igualdad de oportunidades y la justicia.
Eso es lo que pretenden estas jornadas. Ayudarnos, desde las ideas que se traducen en propuestas y las propuestas que llevan a compromisos compartidos, a recorrer nuestra parte del camino hacia una Iberoamérica y un mundo más unido, más seguro y más justo.
Enhorabuena a la FIIAPP por esta excelente iniciativa y muchas gracias a todos y todas por acudir a este encuentro.
Como suele decir el Presidente del Gobierno de España, mucho ánimo y a la tarea.
