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Palabras de la Vicepresidenta Primera, Ministra de la Presidencia y Portavoz del Gobierno en el Acto de Inauguración de la Exposición sobre Miguel Hernández “La Sombra Vencida”

04/10/2010. Madrid.

Alguien dijo que no hay dos personas que lean el mismo poema, del mismo modo que no hay dos personas que vean el mismo cuadro o disfruten del mismo libro, simplemente porque los ojos con los que los miramos son distintos.

Porque las mejores obras de arte necesitan tanto de quien las crea como de quien las recrea con su particular mirada y es eso precisamente lo que las hace tan universales y tan humanas.

Por eso, este año en el que recordamos a Miguel Hernández y esta magnífica exposición contienen muchos mundos, posiblemente uno para cada uno de nosotros. Uno por cada verso, uno por cada imagen, uno por cada palabra.

Pero sobre todos esos mundos que Miguel Hernández nos dejó como legado creo que hay uno en el que todos nos encontramos.
Dejadme la esperanza, decía el poeta, dejadme la esperanza cuando el odio se amortigua detrás de la ventana, dejadme siempre la esperanza.

Sobre esa esperanza supimos encontrarnos los españoles hace ya más de treinta años.

Sobre esa esperanza construimos este país libre con el que generaciones anteriores sólo pudieron soñar.

Sobre esa esperanza a la que cantó Miguel Hernández nos despojamos de la España doliente, encerrada y ensimismada y nos convertimos en un pueblo con los mismos deseos, las mismas ilusiones y, por supuesto, también los mismos problemas que las democracias más avanzadas de nuestro planeta.

Por eso no podía haber mejor rótulo para esta exposición –y permítanme felicitar a los organizadores- que aquel verso en el que Miguel Hernández escribía que siempre hay un rayo de sol en la lucha que deja la sombra vencida.

Porque creo que precisamente eso, la conciencia clara de que si llevamos luz donde sólo hay sombras empezamos a construir un mañana mejor, la certeza de que si sembramos esperanza empezamos a derrotar al fatalismo y la resignación, fueron la fuente primera de su vocación de escritor, también de su compromiso cívico.

Le llamaron poeta del pueblo porque en su voz se reconocía el pueblo, sin duda, pero también porque con su voz luchaba para dar al pueblo la palabra.

Y hoy, en este centenario de su nacimiento, es este pueblo de hombres y mujeres libres, es este pueblo al que amó tanto y por el que lo dio todo, quien quiere reafirmar su victoria.

Hoy es este pueblo de hombres y mujeres libres quien quiere decir, agradecido, que sus palabras, su recuerdo, sus obras y su vida vencieron para siempre a la sombra del silencio y la opresión.
Por eso, desde el Gobierno de España queríamos que este año hernandiano llevase su voz a las aulas, los colegios, las ciudades, los pueblos, las calles y las plazas.

Que los versos del poeta resonasen en cada casa, en cada lengua y en cada alma.

Porque en esta conmemoración teníamos que estar y estamos todos. Administraciones e instituciones, familiares y amigos, asociaciones culturales, literarias, educativas, poderes públicos y ciudadanos. Teníamos que estar y estamos todos.

Y ciertamente, no podemos acabar con los horrores que Miguel Hernández, como tantos españoles y españolas, sufrió en aquel tiempo de sombras pero sí podemos hacer justicia a su memoria, que es nuestra memoria.

Eso es lo que estamos haciendo aquí.

Somos porque recordamos, existimos como personas porque tenemos biografía.

Nuestra memoria es el núcleo mismo de nuestra identidad, de nuestra propia vida.

Y es cierto que, como dijo Francisco Ayala, que tan ligado estuvo, por cierto, a esta Biblioteca, nadie posee memoria histórica por la sencilla razón de que nadie puede recordar lo sucedido fuera del ámbito de su propia experiencia, de su propia vida.

Pero lo que sí podemos hacer, lo que sí debemos hacer, es garantizar, proteger, asegurar el derecho que todos los españoles tienen a su propia memoria individual, a su propia biografía.

Lo que si podemos hacer, lo que sí debíamos hacer es ayudar a todos los que así lo deseen a recuperar una memoria que en muchos casos -en demasiados casos y durante demasiados años- fue condenada a la oscuridad, despreciada, hurtada incluso a aquellos para quienes formaba parte de su propia vida.

Esa es, en buena medida, la razón de ser de la Ley de Memoria histórica, arrojar luz donde había oscuridad.

Para rehabilitar la memoria de aquellos a quienes se quiso condenar al olvido, de quienes sufrieron persecución y violencia.

Una ley, en definitiva, para que la justicia alcanzase a todos, sin ausencias, ni exclusiones; sin silencios, ni olvidos.

Hace unos meses entregamos a los familiares de Miguel Hernández la declaración de reconocimiento y reparación personal.

Era una declaración que debíamos al poeta y a su familia, pero que también nos debíamos a nosotros mismos.

Una declaración de fe en esos valores compartidos -la justicia, la solidaridad, la igualdad- sobre los que hemos levantado el sólido edificio de la libertad en España.

Era algo que nos debíamos simplemente como ciudadanos libres de un país democrático libre y digno.

Un país que ha recuperado para siempre la luz, el amor a la vida y a la palabra del Miguel Hernández hombre y del Miguel Hernández poeta.

Y para que quede constancia de ello, puedo anunciarles que el Gobierno, en su próxima reunión del Consejo de Ministros, a propuesta de la Comisión Nacional del Centenario, que tengo el honor de presidir, aprobará la creación del Premio Nacional de Poesía Miguel Hernández para jóvenes poetas.

Amigas y amigos, querida Lucía,

Creo que, en cierto modo, todos formamos parte de esta exposición sobre Miguel Hernández y sabremos reconocernos en ella.

Porque esas bellas notas manuscritas, esas fotografías, sus enseres y sus pertenencias, son parte de nuestra historia, sin duda, pero sobre todo es y serán siempre parte, una parte muy importante de nuestra propia vida.

De la historia y de la vida de la libertad en España.

Enhorabuena por esta exposición y muchas gracias a todos.