Conferencia de la Vicepresidenta Primera, Ministra de la Presidencia y Portavoz del Gobierno en el Senado Italiano
27/09/2010. Roma.
Vicepresidenta, señorías,
Muchas gracias querida Emma, sabes que el afecto es recíproco.
Señoras y señores,
Hay quien afirma que el parlamentarismo produce adicción. En España se cuenta el caso de un político que enfermó de la garganta y, cuando el médico le pidió que dijese algo para probar su voz, lo único que acertó a decir fue “señoras y señores diputados”.
Lo cierto es que si el parlamentarismo produce adicción venir a Roma y poder hablar en el Senado tiene, para todos los que nos dedicamos a la política, algo muy especial porque, señoras y señores, aquí empezó todo.
Aquí nació el sistema jurídico por el que nos guiamos. Nacieron las instituciones que nos gobiernan, las ideas en las que creemos y muchas de las esperanzas que mantenemos.
Quienes nos dedicamos a la política estamos acostumbrados a medir nuestras palabras porque sabemos que las palabras pesan, tienen el peso de la responsabilidad de quien las pronuncia, también del lugar en el que se pronuncian y por supuesto del auditorio que las escucha.
Muchas gracias por su invitación, es un honor y un privilegio poder tomar la palabra en el senado Italiano, con humildad pero también con orgullo, para hablar de lo que ha ocurrido en la España de la democracia con algunas de aquellas ideas, aquellas instituciones y aquellas esperanzas que nacieron aquí hace 2.500 años.
Y, desde la humildad pero también desde el orgullo, creo que si volvemos la vista atrás, si observamos lo que hemos hecho en España, con España y para España en estos últimos treinta años, todos podemos sentirnos muy satisfechos.
Muchos de ustedes habrán visto la magnífica exposición organizada por el instituto Cervantes, habrán visto algunas fotografías en blanco y negro de la España de hace treinta años.
La España de entonces, aquella España cerrada y ensimismada que heredamos de la dictadura, ha dejado paso a un país abierto al mundo y que cuenta en el mundo. Un país seguro de sí mismo, de lo que es y de lo que quiere.
Un país convencido de que –como decía Cervantes por boca de nuestro más ilustre Hidalgo- la libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos.
Las palabras pesan, sí, y lo primero que tuvimos que aprender los españoles –y, por cierto, lo hicimos muy rápido- fue a dejar atrás el lastre de aquel lenguaje plagado de contubernios, conjuras, confabulaciones, amenazas al orden público y conspiraciones.
Dejamos atrás el idioma del miedo -el miedo a la libertad, el miedo a la palabra, el miedo a la razón soberana- ese idioma que es común a todos los tiranos y todos los opresores,
Fue en aquellos años cuando aprendimos que un país no es, no puede ser el temor de algo.
Es, siempre ha sido y siempre será la esperanza de algo, un mundo por hacer, una promesa que cumplir, un futuro compartido.
Fue entonces cuando decidimos construir nuestra democracia, levantar nuestras instituciones, no contra algo ni por temor a algo, sino como un proyecto de todos y para todos.
Como un futuro compartido por todos y para todos.
Como un horizonte por el que trabajar, en el que poner nuestras ilusiones y nuestras esperanzas, todos y para todos.
Eso significaron para millones de españoles palabras como apertura, pluralismo, tolerancia, parlamento, igualdad, debate.
Y entre todas esas palabras, había una que para todos nosotros era una especie de compendio de nuestros mejores deseos.
Un término que cristalizaba y daba sentido a todos los demás, esa palabra fue –y sigue siendo- Constitución.
Porque eso fue lo que hicimos con la Constitución de 1978, constituirnos, sí, constituirnos como ciudadanos libres en un país libre.
Y en estas tres décadas hemos sabido convertir nuestra constitución en letra encarnada, en práctica real y no sólo en retórica legal.
Hemos sabido hacer de sus principios y sus valores una guía para pensarnos, para entendernos a nosotros mismos, a los demás y a toda la sociedad.
Ese ha sido nuestro mayor éxito, el pilar sobre el que hemos sustentado el más largo y fructífero período de progreso para España.
Un pilar levantado por todos y en el que todos participamos porque todos –partidos políticos, organizaciones sindicales, empresariales, y sociales, y sobre todo el conjunto de la ciudadanía- éramos muy conscientes del reto al que nos enfrentábamos.
Un reto, el de abordar la transición y consolidar la democracia, que trascendía todas las divisiones ideológicas, políticas, económicas, porque lo que estaba en juego era simple y llanamente la libertad, el progreso y el bienestar para todos los españoles, sin omisiones y sin exclusiones.
Y fue de todo menos sencillo.
Hubo transición política, sin duda, pero también económica, también cultural, también social, también administrativa.
Pasamos de un poder centralizado y represor de la diferencia a un Estado que quería y podía integrar y reconocer la pluralidad, las distintas sensibilidades de las regiones españolas, en un proyecto común.
Hoy, el Estado de las Autonomías en que se constituyó España en su Carta Magna ha reconocido a las 17 comunidades y 2 ciudades autónomas que componen la nación española amplias competencias que, además de haber hecho de la pluralidad el mejor cemento de la unidad, nos ha situado entre los países más avanzados en proximidad de la administración a los ciudadanos.
Hubo una transición económica y constituimos nuestro país como una economía social de mercado en la que la legítima búsqueda del beneficio particular quedase contrapesada, equilibrada, complementada con la responsabilidad social, con el principio de solidaridad, con el compromiso de avanzar hacia el Estado del bienestar.
Hubo una transición en los principios de la acción pública y la Constitución hizo de esas palabras en las que se declina el lenguaje de la libertad –derechos humanos, tolerancia, diversidad- una parte irrenunciable de nuestra identidad, de nuestra cultura política.
Una cultura política en la que valores como la igualdad – la igualdad de género, la igualdad ante la ley, la igualdad de oportunidades- no fuesen sólo derechos de los ciudadanos sino una guía, un principio cardinal, un mandato de actuación para los poderes públicos.
Hubo, en definitiva, una verdadera y radical transformación de nuestro país y de nuestra sociedad.
Y tuvimos que vencer muchos recelos y superar muchas resistencias. Los recelos y las resistencias de quienes querían seguir siendo los hijos del ayer en un país que no olvidaba su pasado, pero que ya había decidido que ante todo, sobre todo, debíamos ser los padres, los únicos padres y madres de nuestro mañana.
Y sobre esos cimientos de la responsabilidad compartida, de un proyecto de todos y para todos, hemos ido construyendo paso a paso, año a año, esta España que hoy tenemos.
Un país que no dice a nadie lo que debe pensar, lo que debe creer ni cómo dirigir su vida pero sí le ayuda a vivirla plenamente y completamente libre.
Un país que sabe que no todos tenemos los mismos talentos pero sí debemos tener las mismas oportunidades de desarrollar esos talentos. Hoy la educación es universal y cerca del 40% de los jóvenes españoles tienen estudios universitarios, 9 puntos más que la media europea.
Un país que sabe que la salud no puede ser el privilegio de unos pocos sino un derecho para todos, y hoy somos el segundo país en esperanza de vida.
Una España que ha dejado muy atrás la imagen de atraso económico que durante tanto tiempo nos acompañó y que, con el esfuerzo de todos, ha multiplicado su renta hasta alcanzar la media europea, ha doblado su Producto Interior Bruto, la participación de las mujeres en el sistema productivo.
Un país en definitiva que ya es la octava potencia económica mundial y el octavo inversor global, y que participa en el G-20 y en los grandes foros internacionales por derecho propio.
Todos ustedes conocen mis convicciones, pero no creo hablar desde la ideología sino desde el recuerdo objetivo de lo que fuimos y la visión de lo que somos al decirles que ha sido desde posiciones y desde Gobiernos progresistas desde donde más se ha hecho por convertir en realidad esos principios.
Que los grandes momentos de impulso, de reforma, de modernización de nuestro país -la sanidad pública, la educación obligatoria y gratuita, los servicios sociales, el reconocimiento y la ampliación de derechos de ciudadanía- se han producido con Gobiernos progresistas.
Y es cierto que hoy ya no son patrimonio de una ideología y aún menos de un partido político, y ese es uno de los mayores éxitos de nuestra democracia, lograr que esos avances históricos, que esas políticas de progreso sean patrimonio de todos.
Que sean asumidos, aceptados y defendidos por los ciudadanos más allá de ideologías y creencias, del mismo modo que –estoy convencida de ello- lo serán, ya lo están siendo, la ley de igualdad o la ley de dependencia.
Creo que son logros importantes de nuestra historia, logros de todos que debemos tener siempre presentes, porque nos hablan de confianza, de tesón, de trabajo bien hecho y de sólidos fundamentos.
Logros que reflejan una mejora de la calidad de vida, de nuestro bienestar, de nuestra cohesión social, pero sobre todo reflejan ese sustrato compartido que cristalizó en nuestra Constitución y que nos ha llevado al mayor período de progreso económico, político y social de la historia de España.
Señoras y señores,
Hoy, vivimos tiempos de mudanzas en los que casi podemos sentir el pulso de la historia, de un pasado que aún nos acompaña y un futuro que apenas vislumbramos en un mundo que cambia a una velocidad vertiginosa.
Y ese mundo transformado, globalizado, intercomunicado por las nuevas tecnologías, que ya demandaba de todos nosotros, de todos los ciudadanos y por supuesto de todos los gobiernos, un especial esfuerzo de adaptación, de reconversión, para encarar una nueva etapa de nuestra historia -y esta sí es una historia auténticamente mundial- se ha dado de bruces con la primera gran crisis económica de la globalización.
En la primera mitad del siglo XX, Keynes afirmó que el nihilismo del libre mercado convierte el bienestar en un efecto secundario de la actividad de un casino. En la primera década del siglo XXI, el mundo le dio la razón.
El casino entró en bancarrota, y puso en grave riesgo el bienestar de muchos millones de personas de todo el mundo.
De no haber sido por la rápida intervención de gobiernos y de organismos internacionales, la severa crisis financiera y económica que se desató hace dos años se habría convertido en una enorme quiebra global.
Lo que vivimos no fue sino el estallido de la inmensa burbuja creada por un mercado sin control, la disipación de una espesa nube de ambición, especulación y ficción financiera que estaba intoxicando a la economía productiva, a la economía real, la economía en la que estamos inmersos la inmensa mayoría de los ciudadanos.
Descubrimos que el gigante tenía los pies de barro, y que a las incertidumbres que generaba una época de transformaciones aceleradas, había que añadir la de un sistema financiero y económico incapaz de asegurarnos el presente y mucho menos el futuro.
El reto de nuestro tiempo es por tanto abordar una nueva transición, la transición hacia la economía y la sociedad del nuevo siglo.
Y la pregunta que el mundo entero se hace, la pregunta que se hacen también todos los españoles y las españolas, es cómo será en el futuro esa nueva sociedad. Qué horizontes aparecerán en el nuevo marco global.
Por eso hoy, como hace treinta años, es importante ser capaces de elevar la mirada.
Hoy como entonces es importante trabajar para dar respuesta a los problemas cotidianos pero también es nuestra responsabilidad mirar no sólo al presente, sino al mañana y al pasado mañana.
Es importante trabajar pensando no sólo en el país que tenemos sino también en el país que queremos.
Y, en España, de nuevo es un Gobierno progresista el que tiene en sus manos la tarea de acometer las reformas que nos demanda este nuevo tiempo.
Reformas para que nuestra sociedad transite por las vías de alta velocidad de la sociedad del conocimiento y las nuevas tecnologías.
Reformas para avanzar en cohesión en unas sociedades que ya son un crisol de ideas, de identidades y culturas.
Para que la educación sea la mejor que podamos ofrecer a las generaciones que nos sucedan, una garantía de futuro.
Reformas para que el reto del cambio climático se convierta, no sólo en una condición para nuestra supervivencia, sino en una oportunidad de empleo estable y seguro, de desarrollo limpio y seguro, de progreso humano real y seguro.
Reformas, todas ellas, que son y serán cada vez más el corazón de esa nueva economía que será una economía con más corazón.
El Gobierno de España ha impulsado esas reformas, no desde que comenzó la crisis sino desde el minuto cero de nuestro mandato, conscientes como éramos de las demandas de este nuevo tiempo.
Por eso hemos triplicado la inversión en I+D+I, ya hemos superado la media de los países de la OCDE y hemos multiplicado por nueve nuestra producción científica.
Por eso venimos trabajando duro en la reforma de la administración, en su modernización, y hoy España se encuentra en los puestos de cabeza de accesibilidad y administración electrónica.
Por eso estamos haciendo el mayor esfuerzo en educación de la historia de nuestra democracia y hemos propuesto una reforma que nos permitirá hacer de la formación nuestra verdadera ventaja comparativa.
Por eso hemos puesto las bases de la economía verde y hoy España está en la vanguardia mundial en el uso de energías alternativas y sostenibilidad medioambiental.
Y por eso, porque no hay futuro que no pase por más cohesión, por más vertebración, hemos hecho de la ampliación de derechos y de la igualdad una piedra angular de toda nuestra acción política.
Sí, eran reformas necesarias. La crisis las ha convertido en urgentes.
Lamentablemente, seis años no son suficientes para transformar todo un sistema productivo, y en los últimos y agitados tiempos hemos tenido que acelerar el paso con profundos cambios estructurales.
Iniciativas como la reforma laboral recientemente aprobada, la ley de economía sostenible que en estos momentos debate nuestro Parlamento y la reforma de las políticas activas de empleo.
También abriendo el debate sobre un sistema de pensiones que no necesita soluciones urgentes, pero que debemos abordar para garantizar también el futuro de las nuevas generaciones.
Son iniciativas que, junto a muchas otras que hemos adoptado a lo largo de estos seis años, marcarán el futuro de nuestro país y pondrán las bases de otras tres décadas de progreso.
Esa es la convicción del Gobierno de España y ese ha sido el fundamento de todas las decisiones que hemos adoptado.
Como hace treinta años, abordamos esta nueva transición seguros de a dónde queremos llegar y del camino que tenemos que recorrer, con un plan y una hoja de ruta.
Y estamos dispuestos a recorrerlo con toda responsabilidad, a tomar todas las decisiones necesarias, a buscar –tal y como hemos hecho hasta ahora- el mayor consenso social y político.
Contamos para ello con la experiencia de estos treinta años de democracia y estoy segura de que sabremos convertir esa experiencia del ayer en esperanza para nuestro mañana.
Señoras y señores,
Alguien dijo que la razón se hace adulta pero el corazón permanece siempre niño.
Poco a poco, paso a paso, España se ha hecho adulta como sociedad democrática, pero creo que si algo hemos aprendido en estos ya más de treinta años es que la democracia no es un puerto de llegada ni el final de un camino, es el camino mismo.
Es una promesa siempre inacabada, siempre renovada. La promesa de más igualdad, de más oportunidades, de más seguridad y más libertad.
En estos años hemos dejado atrás, y no volverán, esas dos Españas que temía Machado y que a nadie más helarán el corazón.
Aquel país que, como decía Ortega, siempre está en vías de ser, se ha convertido en un país que está y es, que cuenta y con el que se cuenta en los foros decisivos de la comunidad internacional.
Es mucho lo que hemos recorrido en estos treinta años, sin duda, pero creo que nuestro corazón sigue siendo joven.
Seguimos decididos, y creo que esa es la mejor lección de estas tres décadas de democracia en España, a ser los hijos de nuestro pasado pero sobre todo, por encima de todo, los padres y madres de esa España, de esa Europa, de ese mundo del mañana que en estos tiempos de cambio estamos construyendo entre todos.
Muchas gracias.
