Intervención de la Vicepresidenta Primera, Ministra de la Presidencia y Portavoz del Gobierno en la investidura de Michelle Bachelet como Doctora Honoris Causa de la Universidad Internacional Menedez Pelayo (UIMP)
02/09/2010. Santander.
Rector, señoras y señores,
Permítanme que mis primeras palabras en este acto sean para recordar a esos 33 mineros chilenos, a esas 33 familias que pasan por momentos muy difíciles.
Quiero que sepan que España entera comparte su angustia y su esperanza. Confiamos en que todo se resolverá cuanto antes y de la mejor manera posible y, en nombre de todos los españoles, les mando un mensaje de afecto y cariño y de mucho ánimo.
Querida Michelle, señoras y señores,
Siempre he creído que los pueblos y las instituciones, del mismo modo que las personas, no solamente se muestran al mundo y se comprenden a sí mismas por lo que dicen o lo que hacen, sino por los valores que profesan y las personas a las que honran.
Es un verdadero honor ejercer de madrina en esta ceremonia de investidura de Michel Bachelet como doctora Honoris Causa de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.
Es un honor y un orgullo porque reconociendo su trayectoria, su entrega y su vida de servicio público, también nos comprendemos un poco más a nosotros mismos, nos reconocemos en esos valores, en esos principios que Michel Bachelet siempre ha hecho suyos y que han guiado su vida política.
La convicción de que la justicia y la igualdad no son sólo, no pueden ser sólo, una prioridad para un país libre, son la responsabilidad de toda ciudadanía libre.
Que sin duda todos no tenemos los mismos talentos, pero si debemos tener las mismas oportunidades de desarrollar esos talentos.
Que los Gobiernos y las instituciones no pueden resolver todos nuestros problemas, pero sí pueden y deben ayudarnos a resolverlos por nosotros mismos y ésa es su responsabilidad.
La convicción en definitiva de que el mundo no es perfecto, sin duda, pero sí es perfectible y nos corresponde a nosotros mejorarlo.
Y quizá nunca llegaremos a desterrar toda opresión, toda persecución, injusticia y violencia de la faz de la tierra, pero debemos recorrer nuestra parte del camino.
Y eso es lo que ha hecho siempre, lo que sigue haciendo, Michelle Bachelet, recorrer su parte del camino.
Un largo camino, difícil y amargo muchas veces, ilusionado y esperanzado muchas otras.
Hija de un militar demócrata sufrió el terror de la dictadura en primera persona.
Conoció la clandestinidad y el exilio, Australia, Berlín. Llegó el matrimonio y la maternidad y finalmente la vuelta a Chile.
Fueron años de estudio hasta alcanzar su graduación en medicina, pero también de activismo, de compromiso político, de lucha por la democracia, la libertad y la justicia.
Y a lo largo de esos años, recorriendo ese camino, supo convertir la indignación ante la dictadura en el mejor baluarte contra la indignidad de toda forma de opresión.
Porque conoció la intolerancia y la represión hizo de la memoria de las victimas un asidero para ganar el futuro, para mirar siempre al mañana.
Porque sufrió la persecución y supo levantarse ante quienes querían arrodillar a su pueblo, comprendió que -como decía Jorge Guillen- si perdemos la esperanza ya hemos comenzado a rendirnos.
Y esas tres palabras, memoria, futuro y esperanza, fueron y siguen siendo el corazón mismo de su compromiso con la libertad y la democracia.
Chile recuperó la libertad y desde entonces la vida de Michelle Bachelet ha crecido, ha madurado entrelazándose con la historia de la propia democracia en Chile.
Asesora del Ministerio de Salud en 1994, Ministra de Salud en el año 2000, trabajó sin descanso para lograr, por primera vez, la universalización de la atención sanitaria básica en Chile, la igualdad en el acceso a la sanidad.
Hay un detalle de aquella primera etapa de responsabilidad ministerial que recuerdo especialmente y que dice mucho de quién es y de cómo es Michelle Bachelet.
El Presidente Lagos se había comprometido, como parte de su programa electoral, a acabar con las listas de espera de los consultorios públicos en el plazo de tres meses.
Y esa fue una de las primeras tareas que Michelle asumió como ministra. Lo cierto es que en la opinión pública, también entre los grupos de la oposición, se dudaba de que fuese posible cumplir un compromiso tan ambicioso en un plazo de tiempo tan breve.
Michelle se puso inmediatamente a trabajar, lucho contra viento y marea, movilizó todo y a todos los que había que movilizar y lo cierto es que, cumplidos esos tres meses, las listas de espera se habían reducido en más del 90%, algo insólito, todo un logro que fue valorado como merecía por una población acostumbrada a una sanidad básica completamente saturada.
Sin embargo Michelle entendió que superar el noventa por ciento en tres meses no era suficiente y puso su cargo a disposición del presidente que, acertada y afortunadamente para todos, la confirmó en el cargo.
Creo que precisamente eso, la ambición de perseguir sin descanso aquellos objetivos por los que merece la pena luchar.
La valentía, el coraje de hacer frente a las dificultades, a todas las dificultades.
La determinación de seguir adelante cuando muchos empiezan a retroceder.
Creo que son rasgos de su carácter que han marcado y mucho su vida política.
Nunca se ha detenido cuando tenía la convicción de que hacía lo que había que hacer.
Fue la primera Ministra de defensa de toda América Latina y sobre sus hombros recayó la tarea de culminar la transición de unas fuerzas armadas que hoy, al servicio de la democracia, participan en las misiones internacionales de paz a lo largo y ancho del planeta.
Y muchos de ustedes la recordarán en aquella imagen que dio la vuelta al mundo en 2002. Aquel año, Chile sufrió unas terribles inundaciones. Michelle Bachellet viajó inmediatamente a la zona y no dudó en subirse a un blindado para dirigir en persona y sobre el terreno las labores de ayuda y reconstrucción.
Pero aquello era mucho más que una imagen, era toda una declaración de quien unos años más tarde aspiraba a ser la presidenta de todos y para todos. Era el ejemplo del gobernante que sabe que la mayor fuerza de un país no son sus armas sino poner sus armas al servicio del pueblo.
Dicen que los pioneros -y Michelle Bachelet tuvo que ser la primera en abrir el camino en demasiadas ocasiones- suelen ser figuras solitarias. No ha sido su caso.
Alguna vez han dicho de ella que sabe unir mundos y quienes hemos tenido la suerte de conocerla podemos decir que es cierto, que Michelle Bachelet sabe unir mundos porque en ella misma habitan muchos mundos.
“Soy mujer, socialista, separada y agnóstica y sé que para mucha gente esos son todos los pecados juntos” dijo al ser designada candidata a la Presidencia de Chile.
Y sin embargo, poco tiempo después, sus conciudadanos convertían a aquella improbable candidata en la primera Presidenta del Gobierno de la República de Chile. Presidenta, responsable de formar el primer Gobierno paritario de la historia de su país.
“Es el momento en el que todos nos sintamos nuestros porque hoy no hay más que un futuro, un futuro en el que caben todos. Quiero ser la Presidenta de todos y para todos, la presidenta de los ciudadanos”.
Y lo ha sido. Lo ha sido, como siempre son estas cosas, con un enorme esfuerzo, con un enorme sacrificio, con ese coraje que a lo largo de su vida ha sabido demostrar.
Por supuesto, como todo Gobierno, tuvo que pasar momentos difíciles, momentos muy duros. Las movilizaciones estudiantiles, la oposición de algunos sectores a los planes de modernización de la administración, de las infraestructuras, de la economía, del transporte, supusieron desafíos extraordinarios pero a los que no dudó en enfrentarse desde la responsabilidad y la determinación.
No pensando en ser más o menos popular, no en atender a lo que dice esta o aquella encuesta, sino en hacer lo correcto, en hacer lo que debía. Asumiendo las decisiones difíciles cuando correspondía asumirlas, algunas veces en esa soledad que sobreviene al gobernante cuando algunos desertan y muchos retroceden.
Por todo eso, porque la responsabilidad, el valor, la honestidad, la coherencia son virtudes universales, sí, es cierto, Michelle Bachelet une mundos y gentes.
Y por eso aquel país que se encontró, un país que aún cerraba heridas y se consolidaba como democracia hoy tiene el respeto y el reconocimiento de todo el planeta como una democracia plenamente asentada.
Por eso, porque sabe unir mundos y gentes, ha llevado a Chile a ocupar un lugar entre los países política, social y económicamente más avanzados y a un puesto de liderazgo y responsabilidad en Iberoamérica.
Por eso, porque sabe unir pueblos y gentes, quiso derribar muros, el muro de la división y el rencor que dejó la opresión; el muro de la desigualdad de género; el muro de la injusticia social.
Y por eso, hoy Michelle Bachelet es una mujer conocida y reconocida en el mundo entero, por el mundo entero, y muy especialmente por las mujeres. Mujeres que hoy esperan, que hoy esperamos y apostamos por que siga trabajando por todos esos valores, y en particular por el gran valor de la igualdad en los máximos puestos de responsabilidad internacional.
Es algo que sabemos que hará como siempre lo ha hecho, poniendo todo su corazón en cada razón y llenando sus razones de ideales.
Uniendo fuerzas y sumando voluntades para hacer frente, como ella misma dice y hace, al individualismo, la indiferencia y la desesperanza.
Y creo que eso es algo que precisamente en este momento en el que todo el mundo sufre las consecuencias de las crisis, y en el que muchas familias viven dificultades, hay que revindicar, hay que saber valorar.
Porque hay quienes dicen que no vivimos tiempos propicios para mantener ideales, que en este momento son algo secundario, que debemos dejar atrás. Creo sencillamente que es algo que la realidad desmiente cada día.
Porque lo que vemos cada día es a ciudadanos afanándose en las fábricas, en las empresas, en los campos en los que trabajan, luchando para mantener a sus familias y ese es un ideal que merece la pena.
Tras un mostrador, en un pequeño comercio, intentando hacer realidad un proyecto, una ilusión, un sueño, y ese es un ideal que merecer la pena.
En las aulas y los hospitales, atendiéndonos cuando lo necesitamos, enseñando a las nuevas generaciones, dándoles la esperanza de un futuro mejor, y eso, la esperanza de un futuro mejor, es un ideal que merece la pena y al que nunca, y menos ahora que hacemos frente a dificultades, podemos renunciar.
Desde luego, el Gobierno de España ni lo ha hecho ni lo va a hacer. Muy al contrario, vamos a seguir esforzándonos, trabajando, luchando cada día para impulsar la recuperación económica. Sabemos que no va a ser un camino fácil, pero estamos convencidos de que es el único camino.
El camino de la transformación de nuestro modelo económico.
El camino de las reformas estructurales que no sólo mejorarán nuestro presente, sino que afianzarán nuestro futuro.
El camino del fortalecimiento de nuestro ya potente sistema financiero.
El camino de la austeridad y de la eficiencia del sector público.
El camino de la apuesta por la educación.
El camino de la cohesión social, del apoyo a quienes peor lo están pasando en esta transición.
El camino, en definitiva, de un país que necesita dejar atrás un modelo incapaz de promover y asegurar el crecimiento sostenido y sostenible que demanda y merece la sociedad española.
Más allá de las legítimas diferencias políticas, hablamos de grandes objetivos de país que son compartidos por la inmensa mayoría de los ciudadanos.
Por eso, estamos convencidos de que encontraremos el consenso suficiente para seguir desarrollando estas reformas y de que, con el esfuerzo y el impulso de todos, conseguiremos culminarlas.
Señoras y señores,
Siempre he creído que no son los cargos los que conceden dignidad a las personas, sino que son las personas, con su conducta, con sus valores, con lo que creen y lo que hacen, quienes dignifican los puestos que desempeñan.
Hace unos meses, en el último encuentro de Mujeres por un Mundo Mejor que celebramos en Valencia, escuche decir a Michelle Bachelet que cuando una mujer entra en política cambia su vida, pero cuando son muchas mujeres las que lo hacen, cambian la manera misma de hacer política.
Y es cierto, tiene toda la razón. Sin embargo hay ocasiones, raras y escasas ocasiones, en las que una sola mujer puede marcar, y mucho, la vida de un pueblo entero.
Creo que ese es el caso de nuestra doctorada honoris causa.
No se trata simplemente de logros personales ni políticos, y Michelle Bachelet los ha tenido y muchos.
Tampoco del poder que ha ejercido, de lo lejos o lo alto que ha llegado, y ha sido muy lejos y muy alto.
Se trata sobre todo de la impronta, de la huella que ha dejado como Presidenta de todos los chilenos y que sigue, y va a seguir dejando, desde un compromiso público al que no puede renunciar porque sería renunciar a sí misma.
Se trata de lo que ha sabido y sabe transmitir a cada ciudadano y de mostrar lo que podemos construir juntos.
Se trata en definitiva de esas tres palabras, memoria, futuro y esperanza, que han sido y son su credo a lo largo de estos años y que hoy queremos reconocer con este doctorado Honoris Causa.
Tres sencillas palabras de las que ni podemos ni queremos prescindir porque, del mismo modo que a Michelle Bachelet, hoy las necesitamos más que nunca.
Enhorabuena querida Michelle y muchas gracias a todos.
