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Intervención de la Vicepresidenta Primera, Ministra de la Presidencia y Portavoz del Gobierno en la inauguración del curso “La Responsabilidad De La Información”

12/07/2010. Madrid.

Querido José Manuel,

Señoras y señores,

Antes de comenzar, me gustaría referirme a un puñado de jugadores que ayer hicieron que muchos, muchos de nosotros, trasnocháramos más que de costumbre.

Unos jugadores que han demostrado que el esfuerzo, el espíritu de equipo, la deportividad y un inmenso talento son los mejores ingredientes para cosechar los mayores éxitos.

Que en todos los rincones de nuestro país, nos han contagiado de su entusiasmo y compañerismo. Que han deslumbrado, dentro y fuera de nuestras fronteras, con su enorme calidad. Y que, sobre todo, han hecho que ayer todos, todos, en las calles o en nuestras casas, fuéramos una marea roja empujando a la selección española de fútbol.

Enhorabuena a todos ellos. Su triunfo simboliza el esfuerzo de muchas generaciones de jugadores y se une a los numerosos éxitos que cosecha, con el mejor de los juegos, el deporte español.
Muchas gracias, campeones de la Roja.

La Copa del Mundo de Fútbol ya está en casa.

Permítanme expresar en primer lugar mi agradecimiento a la agencia Servimedia por su invitación a inaugurar este interesante curso dentro de la oferta de verano de la Universidad Complutense.

Ya he tenido la oportunidad de hacerlo en anteriores ocasiones y hoy también estoy aquí con mucho gusto y con la voluntad de aportar alguna idea a un tema tan importante como es siempre, pero especialmente en esta época que vivimos, la responsabilidad de la información.

Y digo especialmente porque si en la actualidad hay un factor clave, un auténtico cordón umbilical que nos da oxígeno a todos, una energía inagotable que se renueva a cada instante para alimentar nuestro mundo, ese factor es la información. El hilo con el que se teje la red que intercomunica nuestro planeta.

Todas las decisiones, todas las posiciones, todas las previsiones, dependen hoy de esa energía que fluye entre la malla en red que es hoy nuestra sociedad global y que se transforma día a día y si me apuran, hora a hora, gracias a las nuevas tecnologías.

Unas tecnologías que están cambiando el mundo y también, muy destacadamente, a los propios gestores de esa energía, a los medios de comunicación, avocados como se ven a dar respuesta a nuevas necesidades, a nuevos retos, en definitiva, a un nuevo tiempo cuya evolución apenas podemos adivinar, pero al que nos gustaría poder adelantarnos.

La tarea es complicada. Es difícil predecir, en días en que los avances tecnológicos transforman nuestra sociedad a una velocidad nunca experimentada en la Historia, cuál va a ser el devenir de los medios de comunicación, de sus diferentes soportes, de sus modelos de negocio.

Pero algo sí sabemos. Sabemos que los medios seguirán siendo un pilar básico de nuestras democracias, garantía de derechos fundamentales de los ciudadanos, y que continuarán ejerciendo una influencia decisiva en nuestra vida colectiva.

No es necesario, por tanto, insistir en la importancia que reviste para todos el que la información que vehiculan y transmiten esos medios de comunicación responda, en primer lugar, a las normas deontológicas que la regulan, y en segundo lugar, a los valores que sustentan hoy las sociedades democráticas. Dos perspectivas, por otra parte, profundamente entrelazadas.

Parecería, en principio, una cuestión superada, algo que se da por hecho, pero lo cierto es que tanto la observancia de esas reglas profesionales como el compromiso con esos valores sociales que los medios de comunicación han de mantener han sido a lo largo de su historia, y siguen siendo hoy, más una meta hacia la que dirigirse que un objetivo conseguido.

Y es curioso, incluso sorprendente, que a pesar de esa transformación radical de nuestro mundo que se ha producido en muy pocos años, los retos que, cuando hablamos de responsabilidad, tienen hoy por delante los medios de comunicación sean los mismos que ya en 1947, hace más de sesenta años, estableció el llamado Informe Hutchins en Estados Unidos.

Un informe que, por primera vez, estableció una teoría de la responsabilidad social de los medios en un momento en el que la propia prensa, en concreto el fundador y editor de la famosa revista Time, había detectado carencias graves en la que consideraba su función social.

Durante cinco años, el profesor Robert Hutchins y su equipo de expertos en ciencias sociales de la Universidad de Chicago estudiaron la situación de los medios norteamericanos y, efectivamente, detectaron los que consideraron graves defectos en su actuación.

Quiero detenerme brevemente en algunos de ellos porque, efectivamente, a pesar de los años transcurridos, a pesar del cambio copernicano que se ha operado desde entonces, los problemas siguen siendo, generalizados o no, básicamente los mismos.

Tratamiento superficial o amarillo de los contenidos; Invasión de la intimidad de las personas; Puesta en riesgo de la ética pública; Resistencia a los cambios y a las nuevas dinámicas sociales.
Creo que todo esto nos suena. No estoy diciendo que estas deficiencias sean generalizadas, que se produzcan ni a todas horas, ni en todos los medios, pero creo que sí está claro para todos que siguen siendo, y todo indica que seguirán siendo, los grandes problemas.

Retos sempiternos a los que tanto los medios como la propia sociedad deberán prestar atención de manera constante, en un ejercicio permanente de autocontrol y de superación.

Porque algo es seguro, la presencia y la influencia de los medios de comunicación se ha multiplicado de tal modo en nuestro tiempo que es más importante que nunca que tengamos presentes estos riesgos y les plantemos cara -una tarea que corresponde en especial a los propios medios- con ganas y con convicción.

Estamos hablando de asuntos vitales para la sociedad. Sólo en la enumeración de deficiencias que antes les he hecho vemos cómo quedan afectados derechos fundamentales de los ciudadanos, como el derecho a la información, el derecho a la libertad de opinión y a la libertad de expresión, el derecho a la intimidad y a la propia imagen. Derechos que la ley protege y ampara.

Pero más allá de ello, el papel protagonista que, como bien afirma Giovanni Sartori en su Teoría de la Democracia, corresponde a los medios en la formación de la opinión pública es por sí mismo suficiente para esperar de ellos la mejor disposición.

Porque una sociedad que se gobierna a sí misma, que tiene que tomar sus propias decisiones necesita para ello de una información sólida, rigurosa, contrastada y plural. Una información que permita a cada uno de los ciudadanos formarse su propio criterio, articular su opinión personal y participar y actuar en base a ella. Y esa es la información que han de procurar los medios.

Una información que supone la transformación del súbdito en ciudadano, que fija la agenda pública, que ilumina las zonas oscuras y pone en evidencia las insuficiencias de nuestras sociedades y de nuestros sistemas democráticos.

Ese es el servicio que los medios de comunicación prestan a la ciudadanía y a ellos corresponde la responsabilidad de hacerlo con la máxima eficacia, con la máxima calidad.

Y creo que en esta palabra, calidad, se resume buena parte del esfuerzo que esa responsabilidad entraña. Porque calidad de los medios de comunicación significa calidad democrática. Porque invertir en calidad es invertir en ciudadanía.

Calidad en una información independiente, veraz y abierta a todos los sectores, sensibilidades y colectivos sociales.

Calidad en una oferta de entretenimiento que nos haga sentir y nos haga disfrutar sin recurrir a espectáculos poco edificantes, rayanos en ocasiones en la indignidad.

Calidad en la introducción y utilización de las nuevas tecnologías y de unos soportes que, por nuevos que sean, no están exentos del cumplimiento de las reglas periodísticas de siempre.

Calidad en el tratamiento del capital humano de la información, de los periodistas y los profesionales, que han de contar con los recursos suficientes para cumplir adecuadamente sus tareas.

Porque un trabajo bien hecho, un producto de calidad, cambia, mueve a la ciudadanía, la enriquece, contribuye a elevar su nivel de exigencia. Y creo que todos estaremos muy de acuerdo en que necesitamos mucho de eso.

Del mismo modo que necesitamos, porque es también un asiento fundamental de toda democracia, debatir, conducirnos y decidir en base a la razón.

Hace apenas cuarenta y ocho horas, hemos visto cómo los ciudadanos de Catalunya reivindicaban con fuerza y decisión su sentimiento identitario, su voluntad de autogobierno, una idiosincrasia cultural y política que hace cuatro años cristalizó en un Estatut al que, lamentablemente, el Partido Popular negó desde el principio la legitimidad.

Una legitimidad que al parecer, si encontró y apoyó en otros estatutos, cuyo desarrollo no chocaba con su estrategia, ya no política, sino partidaria.

Han sido cuatro años –y ojala hubieran sido menos- en los que se ha alimentado una tensión que la sentencia del Tribunal Constitucional, que avala en su gran mayoría el texto del Estatut, y desde luego el marco y el modelo político que establece para Catalunya, ha demostrado que podíamos habernos ahorrado.

Pero han sido también cuatro años en los que se ha demostrado que ese marco y ese modelo político caben perfectamente en nuestra Constitución.

Cuatro años en los que se ha desarrollado el Estatut con toda normalidad, con normalidad institucional y con normalidad ciudadana, en definitiva, cuatro años de estatut, que se resumen también en cuatro años de madurez y normalidad democrática.
Cuatro años en los que no sólo se ha avanzado en ese autogobierno que Catalunya ansía, sino que ha quedado meridianamente claro que ese deseo, ese sentimiento, esa autonomía que, en base a su identidad, quiere reafirmar el pueblo catalán, tienen su espacio en el gran proyecto plural y diverso, pero común, que es España.

Esa es la convicción que, desde la razón democrática, inclusiva e integradora, en la que creemos, tiene el Gobierno de España, y con ella seguiremos trabajando como hasta ahora, con plena normalidad democrática, en ese gran proyecto en el que todos cabemos -desde el respeto y la pluralidad- que es España, la España en la que todos creemos, en la que todos confiamos y a la que todos amamos.

Amigas y amigos,

La perspectiva de la razón, la perspectiva de la calidad no la podemos perder nunca, ni siquiera en tiempos de crisis. Ni siquiera en un momento de transición tan complicado como el que vivimos.
Y sé que no es fácil.

Sé que muchas energías en los medios están dedicadas hoy a sortear las dificultades económicas por las atraviesa el sector, a diseñar nuevos modelos de negocio, a pilotar las naves en las travesías tan importantes en las que nos han embarcado las nuevas tecnologías.

El encendido digital, con su multiplicación de oferta de programas y contenidos, para las televisiones. El paso del papel a Internet, a los nuevos soportes digitales, al mundo multimedia, para la prensa. La apertura al llamado periodismo ciudadano, a los blogs, a las redes sociales, a una información que fluye desde cualquier y hasta cualquier punto, para todos.

No cabe duda. Hay mucho en qué pensar, pero algo está muy claro. La calidad, la responsabilidad de los medios ante la sociedad, no sólo no es negociable sino que es incluso más necesaria en tiempos de crisis.

Porque en momentos de incertidumbre económica y financiera en los que la confianza es el mejor capital y los rumores la mayor tentación, el rigor, la seriedad, la veracidad, la responsabilidad de la información constituyen una garantía de estabilidad que ningún otro factor puede ofrecer a la sociedad.

Y estamos viendo cómo la comunidad internacional, cómo los organismos y foros que marcan las pautas económicas trabajan y conciertan sus esfuerzos para establecer un mayor control y regulación de los mercados, un freno más eficaz a la especulación, pero de poco servirá esa tarea si bulos como el de que España iba a acudir a los fondos de rescate de la Unión Europea o que iba a ser intervenida por el FMI son recogidos por medios pretendidamente serios o solventes como noticias.

Los medios de comunicación, los canales por los que discurre la información, sea cual sea su soporte, su carácter e incluso su línea editorial, deben, por tanto, extremar sus cautelas y su exigencia de veracidad, de rigor y de responsabilidad ante la amenaza de la manipulación y de la especulación que puede afectar a un país, y a una zona del mundo y, en consecuencia repercutir muy seriamente en la vida de millones de ciudadanos.

Extremar las cautelas, contrastar las fuentes y la veracidad de las noticias, es en estos casos de vital importancia porque están en juego no ya la credibilidad de un gobierno o de una opción política, sino que están en juego los intereses nacionales. Por eso la responsabilidad, la exactitud de la información y la ética de la profesión tienen que estar más presentes que nunca.

Amigas y amigos,

Se dice que la humanidad es capaz de lo mejor y de lo peor, y creo que a cada momento damos pruebas de lo uno y de lo otro, pero me quedaré con un ejemplo de lo bueno, porque es en positivo como creo que hay que abordar un tema tan importante para todos como es el compromiso de los medios de comunicación, ya no sólo con sus propias normas éticas, sino con las necesidades y retos del mundo de hoy.

Y un ejemplo de lo mejor de que somos capaces como seres humanos ha sido la respuesta ya no de la comunidad, sino de la ciudadanía internacional ante la catástrofe ocasionada por el terremoto de Haití.

Se ha dicho, y yo estoy absolutamente de acuerdo, que esta respuesta ha supuesto un punto de inflexión en la historia mundial de la solidaridad. Que ha señalado una nueva conciencia global de responsabilidad compartida. Y no cabe duda de que todo ese enorme caudal de apoyo, de soporte, de ayuda hacia el pueblo haitiano, nació y creció gracias a las crónicas, a las imágenes, a la información que sobre su dramática situación llegaba a todos los rincones del mundo.

Pues bien, necesitamos ese poder de los medios de comunicación para construir opinión pública, para mover y conmover a la ciudadanía, para comprometer a países, organizaciones y pueblos con la resolución de los problemas, con la obtención de los objetivos comunes que tenemos planteados.

Porque hay retos globales inaplazables. Retos como la lucha contra el hambre o contra el cambio climático, como avanzar hacia los Objetivos del Milenio, encontrar soluciones ante el fenómeno de las migraciones, o hallar vías de entendimiento para los conflictos internacionales y frente a los extremismos, que son tareas que nos implican a todos y en cuya divulgación y concienciación los medios deben tener un papel protagonista.

Son sólo los medios de comunicación los que pueden recordarnos cada día el desequilibrio y la injusticia que, desgraciadamente, existe en nuestro mundo.

Y lo están haciendo.

Es cierto que los imperativos de la actualidad a veces pesan mucho y tienen como resultado que, en ocasiones, situaciones de extrema gravedad, queden olvidadas o relegadas a un poco vistoso rincón de los medios, pero ello se contrapesa con la implicación cada vez mayor de muchos periodistas con estas situaciones.

En este sentido quiero recordar y agradecer al siempre comprometido Forges el que, desde la catástrofe de Haití, haya incorporado, y son ya seis meses, en su viñeta diaria, un recordatorio de la situación todavía gravísima, que vive el pueblo haitiano.

Pero sin irnos tan lejos, tenemos ante nosotros tareas de gran relevancia social a las que los medios de comunicación están llamados a aportar toda su enorme capacidad como son subrayar ante los jóvenes la importancia de la educación y la formación; evitar la banalización de la vida pública y fomentar la cultura del esfuerzo; hacer crecer los valores de la igualdad y combatir lacras como la violencia que se ejerce contra las mujeres; contribuir a que el acceso a las nuevas tecnologías sea para todos.

Porque hoy, contribuir a ganar esos y otros importantes retos no puede sino considerarse un mínimo democrático, la contribución más elemental que aquellos que marcan el pulso de nuestra convivencia pueden hacer a que esta sea cada día más rica, más justa, mejor.

El Gobierno de España, como todos los gobiernos democráticos, tiene por su parte el deber de establecer un escenario, un entorno legal seguro, claro y equitativo que permita a los medios desarrollar su trabajo y su negocio con comodidad, que fomente la fortaleza y la competitividad de los diferentes sectores, que facilite la utilización y rentabilización de las nuevas tecnologías.

En definitiva, tenemos el deber de ofrecer el mejor soporte normativo a unas empresas que son mucho más que eso, que aportan a nuestra sociedad un valor añadido que es vital no ya para la calidad de nuestro sistema democrático, que también, sino para la esencia misma de la democracia. Sin libertad de expresión, sin medios de comunicación libres y plurales, la democracia no es posible.

Y creo sinceramente que en estos años, y especialmente en estos dos años de una crisis que ha golpeado con dureza en el sector de la comunicación, hemos hecho un gran esfuerzo para ello. Creo que, hoy, por ejemplo, los medios audiovisuales operan en España en un sector mejor regulado, más moderno, con más posibilidades para superar los problemas del presente y los desafíos del futuro.

Y, hoy el Gobierno, trabaja con la Asociación de Editores de España para encontrar formulas de colaboración que ayuden al fomento de la lectura entre los más jóvenes, de mejora de la distribución, de apoyo a la formación de los profesionales, de fomento de la competividad. No es fácil dada la situación que vivimos en todo el mundo, dadas las limitaciones que marca la normativa comunitaria pero el esfuerzo merece la pena y el Gobierno lo seguirá intentando.

Señoras y señores,

Gabriel García Márquez está convencido de que el periodismo es el mejor oficio del mundo. De hecho, tituló así un discurso que dio ante una gran asamblea de periodistas celebrada en Los Angeles.
En ese discurso, que he tenido la oportunidad de leer, nuestro gran Gabo dijo algo que creo fundamental. Dijo que la ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón.

Sé que no es necesario repetirlo ni subrayarlo en un curso organizado por periodistas que se reúnen para tratar el tema de la responsabilidad de la información.

De hecho, estoy convencida de que su objetivo no es otro que realzar esos valores tan necesarios ayer, hoy y siempre.

Saben que para ello cuentan y contarán siempre con el apoyo del Gobierno de España.

Muchas gracias.