Intervención de la Vicepresidenta Primera, Ministra de la Presidencia y Portavoz del Gobierno en el Curso “Ciberparlamento, Estado y Democracia Digital” de la Asociación de Periodistas Parlamentarios
05/07/2010. Madrid.
Rector, directores, señoras y señores, amigas y amigos,
Al ver la invitación de la Fundación Universidad Rey Juan Carlos y de la Asociación de Periodistas Parlamentarios para participar en este curso he recordado una de aquellas anécdotas que con tanto acierto recopilaba y contaba nuestro añorado Luis Carandell.
Contaba Luis el caso de un diputado de nuestras primeras Cortes democráticas que había prometido permanecer en pie junto a su escaño hasta que se aprobase la Ley de Amnistía.
El problema es que, como aún no se había introducido el sistema de voto electrónico en la cámara, por aquel entonces, el sistema de votación consistía en ponerse en pié, con lo cual nunca se sabía si su señoría estaba votando a favor, en contra o absteniéndose.
Como imaginarán aquel diputado se hizo un ferviente defensor de la incorporación de las nuevas tecnologías a la vida parlamentaria, en una España que se modernizaba a toda prisa.
Lo cierto es que las nuevas tecnologías han cambiado, están cambiando enormemente la vida parlamentaria y la vida política, como la de toda la sociedad.
Y no sólo porque imposibilitan malentendidos como el que les acabo de contar, sino porque ofrecen nuevas herramientas para nuevos y antiguos dilemas, posibilidades pero también interrogantes, algunas dudas y algunas certezas que afectan no sólo a la forma sino al contenido mismo de nuestra democracia.
Muchas gracias, por su invitación para participar en este curso de la Universidad Rey Juan Carlos y por la oportunidad que me ofrecen de compartir con todos ustedes algunas reflexiones sobre este fenómeno tan actual del ciberparlamento y la democracia digital.
Y lo primero que me gustaría señalar es que el hecho mismo de que hoy nos estemos planteando este debate es ya una buena noticia, una excelente noticia.
Decía Roosevelt que la aspiración democrática, la lucha por la igualdad y la libertad, no es simplemente una fase reciente de la historia humana. Es la historia misma de la humanidad.
Y es cierto. El deseo de más libertad, de más igualdad, de participar en decisiones que a todos nos afectan, ha sido una lucha, una reivindicación constante en todo tiempo y en todo lugar.
Algunos de ustedes, los cursillistas seguro que no, porque son muy jóvenes, recordarán los debates de finales de los setenta. Nos preguntábamos entonces sobre las ventajas y desventajas de unos regímenes políticos sobre otros.
Reflexionábamos sobre las virtudes de la democracia ante los regímenes totalitarios. Sobre la sociedad abierta y la sociedad cerrada. Hablábamos en definitiva del porqué de la democracia en un mundo, y hablo de hace apenas 30 años, en el que aún era cuestionada por muchos como régimen político.
Hoy, con la democracia ampliamente consolidada en buena parte del mundo, esa pregunta ha dejado paso a otra más orientada al mañana, más esperanzada, más segura de que los pilares de nuestra libertad son firmes.
Hoy reflexionamos sobre cómo mejorar nuestra democracia. Cómo ganar calidad democrática. La pregunta que los hombres y mujeres libres de este inicio del siglo XXI nos hacemos es –en definitiva– cómo podemos profundizar en nuestra libertad.
Y no está de más recordar que en los ranking sobre calidad democrática, nuestro país se ubica en el grupo de democracias plenas, algo que a nadie sorprenderá. Pero quizás sí sea más sorprendente que en estos poco más de treinta años hayamos conseguido situarnos por delante, de países como Estados Unidos, Reino Unido o Francia, que gozan de una amplia tradición democrática.
Y no señalo esto desde la autocomplacencia, sino para llamar su atención sobre el hecho de que si hoy estamos entre las democracias más avanzadas es porque hemos sido un país social y políticamente ambicioso, que siempre ha querido dar un paso más, ir un poco más allá.
Y eso, señoras y señores, esa misma ambición inagotable de más desarrollo, de más responsabilidad, de más progreso, de más igualdad, es una actitud profundamente democrática, es la fibra misma de la libertad.
La democracia no es un lugar de descanso, no es un destino final o un trabajo terminado. Es un reto, es una promesa constantemente renovada, nunca perfecta, pero siempre perfectible.
Porque siempre hay páginas nuevas que escribir en el libro abierto de nuestro futuro, y cada generación debe escribir su propia página de su puño y letra, con sus esperanzas, sus ilusiones y su trabajo.
Y precisamente eso es lo que nos invita a hacer este curso, nos invita a plantearnos cómo pueden contribuir las nuevas tecnologías a seguir avanzando, a seguir profundizando nuestra democracia.
Como pueden ayudar a esta generación y a las que nos sucedan a escribir su propia página en la historia de la libertad y la democracia.
Señoras y señores,
La radio necesitó 38 años para llegar a 50 millones de oyentes, Facebook sólo dos años. Wikipedia aún no ha alcanzado su primera década y ya tiene casi 15 millones de artículos en más de 200 idiomas.
Cada mes hay 31.000 millones de búsquedas en Google, un sistema que ya está disponible en 127 idiomas, incluido el esperanto y hasta el Klingon –que por si alguien no lo sabe es el idioma de un planeta de la saga de Star Trek.
En el mundo, señoras y señores, se fabrican 13 procesadores por segundo. El de nuestro móvil es un millón de veces más barato, mil veces más potente y casi cien mil veces más pequeño que el único que existía en 1965. Lo que entonces necesitaba un edificio entero hoy cabe en un bolsillo.
Creo que son datos que hablan por sí mismos, pero por si alguien, especialmente algún político y les aseguro que hablo con conocimiento de causa, aún plantease dudas, voy a darles un dato más, el definitivo.
En la campaña de las últimas elecciones en EEUU, el Senador MacCain consiguió, en un mes y multiplicándose en actos de recaudación, 11 millones de dólares. Ese mismo mes, Obama no asistió a ningún acto de recaudación pero consiguió 55 millones a través de las redes sociales en internet. Con esto creo que se convencerán hasta los más escépticos.
Lo cierto, señoras y señores, es que el futuro ya no es lo que era, en realidad nunca lo ha sido, porque el mañana tiene la sana costumbre de contradecir con cierta frecuencia nuestras previsiones para recordarnos que sólo trabajando ganaremos sus bendiciones.
Lo imprevisible forma parte de la vida misma, también de la vida política, sin embargo hay ocasiones en las que ya podemos entrever los grandes trazos, las grandes avenidas por las que transitará el mañana.
Y sin duda, las nuevas tecnologías son parte de nuestro presente, son y serán cada vez más una parte decisiva del mañana, de nuestra vida personal, económica, social y política. Son nuevas herramientas, nuevas respuestas a algunos nuevos interrogantes, también a otros algo menos nuevos.
Hay un pasaje del Fedro en el que Platón nos describe un diálogo entre el Dios Teuth, que ha descubierto las letras, y el Rey Thamus de Egipto, al que el dios entrega la escritura diciéndole que es un enorme avance, una especie de fármaco de la sabiduría, que debía ser puesto al alcance de todos los egipcios porque les hará más sabios, más eficientes, mejor preparados.
Sin embargo, el rey de Egipto lo ve de otro modo y replica que los efectos de esa nueva técnica serán precisamente los contrarios, que producirán descuido y olvido, que hará que todos repitan lo mismo y encubrirán la ignorancia bajo una falsa apariencia de sabiduría que no es sino abundancia de datos.
Hace casi 2.500 años de ese relato pero esas dos figuras siguen recogiendo las dos actitudes que a lo largo de nuestra historia han dividido a la humanidad entre aquellos a los que Umberto Ecco llamaba apocalípticos e integrados.
Entre quienes defienden los avances técnicos y quienes los temen. Entre los que ven el desarrollo tecnológico como una fuente de progreso social, económico y político y los que lo ven como la semilla de la decadencia moral y del orden social.
También en el terreno de las aplicaciones de las nuevas tecnologías a la vida política, en eso que se ha dado en llamar ciberparlamento o democracia electrónica, tenemos esas dos posiciones.
Hay quienes ven en las nuevas tecnologías la posibilidad de hacer fielmente realidad el principio de participación igualitaria, de transparencia en el ejercicio del poder y rendición de cuentas, de ciudadanía informada.
Hay quienes, al contrario, señalan que las nuevas tecnologías fomentan la pasividad, atacan la esencia misma de la democracia representativa y se cuestionan si en sociedades tan complejas como la nuestra dar voz a todos para todo, es una buena opción o con ello estamos pavimentando el camino del fracaso social y político e incluso de nuevas formas de opresión y violencia.
Y es cierto que la realidad no deja de darnos ejemplos, pero lo hace en ambos sentidos.
La red contribuye a hacer más porosas esas cicatrices de la historia que son las fronteras, comunica a pueblos y gentes, pero también facilita el trabajo de los traficantes de armas y de seres humanos, de la delincuencia organizada, de grupos terroristas.
Las nuevas tecnologías dan voz a quienes antes sólo conocían el silencio de la opresión, pero también amplifica la voz de quienes difunden el credo del odio, de la persecución y la intolerancia.
Señoras y señores, para lo bueno y para lo malo, somos nosotros quienes hacemos los días y las horas. El mundo, el futuro, es simplemente lo que hacemos con él.
Ni los errores ni los aciertos son responsabilidad de los tiempos ni de los medios, son responsabilidad exclusiva de quienes vivimos en esos tiempos y usamos esos instrumentos.
Por eso creo que, entre ciberoptimistas y ciberpesimistas, debemos situarnos en la conciencia de que las nuevas tecnologías no van a acabar por sí mismas con la violencia y la persecución, tampoco con la desconfianza hacia la política; no van a acabar con la apatía de muchos ni van a generar esa ciudadanía plenamente activa y comprometida que a tantos nos gustaría, pero sí pueden ayudarnos a estrechar la brecha entre los ciudadanos y las instituciones.
Sí pueden ayudarnos a gestionar mejor nuestros municipios, nuestras comunidades, nuestra administración y nuestras instituciones.
Sí pueden convertirse en escuelas de democracia y acercarnos más a ese ideal de ciudadano libre, informado, seguro de sí mismo, que es el más sólido pilar de toda democracia.
Las nuevas tecnologías, en definitiva, no van a resolver nuestros problemas, pero pueden ayudarnos y mucho a resolverlos por nosotros mismos.
Esa es desde luego mi convicción y la del Gobierno al que represento. Desde el primer día, dijimos que queríamos profundizar en nuestros derechos democráticos, hacer valer esa ambición que nos ha permitido ser lo que hoy somos, uno de los países económica, social y políticamente más avanzados.
Y desde el primer día entendimos que las nuevas tecnologías eran una herramienta indispensable para alcanzar ese objetivo, para lograr una administración más abierta, más eficiente y más cercana a los ciudadanos.
Para lograr unas instituciones más transparentes, más cercanas a ese modelo de la casa de cristal con el que Norberto Bobbio identificó la promesa democrática.
Y lo cierto es que estamos obteniendo resultados.
Los estamos obteniendo a través de distintos planes, como el Avanza. Un plan que constituye un hito en el desarrollo de la Sociedad de la Información y que está llevando desde hace seis años, las tecnologías de la información a más hogares, a más empresas, a más ciudadanos.
También con la Ley de Acceso Electrónico a los servicios públicos, una ley que, por primera vez, reconoce el derecho de la ciudadanía a relacionarse con las administraciones públicas por medios telemáticos.
A día de hoy, más de dos mil procedimientos administrativos de la Administración General del Estado se pueden efectuar electrónicamente, lo que representa el 97 por ciento del total.
De la administración del vuelva usted mañana hemos pasado a una administración que abre sus puertas y sus ventanas, las virtuales y las reales, al espacio de la ciudadanía.
Una administración más rápida, más cercana y más transparente.
Y es que la transparencia es el mejor factor de confianza. Lo será, para nuestra vida diaria, para nuestra sociedad, el que todo ciudadano pueda conocer en cualquier momento, cómo van sus gestiones con la Administración, los datos de que ésta dispone y cómo hace su trabajo.
Y eso es lo que va a hacer posible la Ley de Transparencia y Acceso a la Información, un proyecto que presentaremos próximamente. Una Ley que vendrá a sumar un derecho más de ciudadanía, el de acceder a toda aquella información que, salvaguardando la confidencialidad y la seguridad, obre en poder de las administraciones públicas.
Un derecho cuya implementación tendrá que ir ligada, sin duda, a la utilización de las nuevas tecnologías, que son las que permiten la inmediatez, la facilidad y la universalidad en el acceso a todo ese enorme caudal informativo.
Así pues, transparencia, nuevas tecnologías, confianza, se configuran como un círculo virtuoso. Y creo que iniciativas que contribuyen a dibujarlo cobran más sentido que nunca en la situación de crisis en la que vivimos. Porque, en un momento en el que la gestión económica se asemeja cada vez más a la gestión de los estados emocionales, la confianza se convierte en uno de nuestros mayores y más importantes capitales.
Bastaron apenas unas horas para que el colapso de Lehman Brothers se transmitiese a todo el mundo y provocase la mayor crisis económica de los últimos ochenta años.
En el último mes hemos podido ver cómo rumores sin fundamento provocaban pánicos bursátiles que no se apoyaban en datos reales pero que provocaban efectos muy reales, demasiado reales para la estabilidad de nuestra economía y de nuestro bienestar.
Y también aquí es cierto que la misma interconexión global, la información global que ha posibilitado la mayor y más rápida etapa de crecimiento de nuestra historia puede convertirse, si no la utilizamos responsablemente, en un factor de ingobernabilidad.
Como alguien dijo, en este tiempo en el que vivimos existe el riesgo cierto de que la mentira sea capaz de dar dos vueltas al globo terráqueo mientras la verdad aún no ha sido capaz de ponerse los calcetines y echar a andar.
Y asegurarnos de que esas practicas irresponsables sean desterradas, no pasa por retornar a un período anterior, no pasa por el proteccionismo, pasa muy al contrario, por responsabilizar y responsabilizarnos de todo lo que conlleva la globalización.
Pasa por hacer de la transparencia lo que siempre ha sido, el mejor antídoto contra la especulación, la falsedad y la mentira, el más sólido baluarte de la responsabilidad social y la confianza.
Por eso hemos propuesto a nuestros socios europeos hacer de la supervisión de las prácticas económicas, de la publicación de las pruebas de solvencia de las entidades financieras, de la transparencia de las cuentas y presupuestos nacionales en la Unión, un principio básico de gobernanza económica.
Un principio del que también deben y tienen que participar las agencias de calificación crediticia, porque no es sensato que la salud económica y financiera de un país, de una región, o incluso de la comunidad internacional dependa del juicio, no siempre consistente o argumentado, de unas entidades ajenas a cualquier tipo de control o supervisión.
Ya no se trata sólo de dar respuesta a aquella vieja pero sabia pregunta de quién controla a los controladores. Es que el sistema del que han formado parte importante estas agencias, de cuyos riesgos no fueron capaces de alertar –y así ha sido reconocido internacionalmente- está siendo revisado, y esa revisión ha de incluirlas también a ellas.
Así están en vías de hacerlo, tanto Estados Unidos como la Unión Europea y así lo apoya, desde luego, el Gobierno de España.
Pero si la transparencia es uno de los pilares de la democracia, el segundo pilar es sin duda el de la rendición de cuentas, especialmente allí donde se debe dar cuenta de todo, en la sede del debate político, en el corazón del sistema deliberativo, en esa cámara de control por excelencia que es el Parlamento.
Decía Bentham, que del choque de opiniones en el Parlamento surgen chispas, pero éstas sirven al final para acceder a la luz de la libertad.
Por eso, el Gobierno ha trabajado para dar al Parlamento la centralidad que le corresponde como lo que es, la sede de la soberanía popular y el verdadero corazón de la democracia. Y lo hemos hecho con iniciativas como la del presidente del gobierno de renunciar a responder preguntas de su propio grupo parlamentario, para facilitar la labor de control de la oposición, o como, la de comparecer por primera vez, en el Senado para responder a los senadores de la oposición.
Con iniciativas para avanzar en la aplicación de las nuevas tecnologías, porque estamos convencidos de que mejorar los procedimientos de trabajo genera mejores decisiones y avanzar hacia el ciberparlamento es una herramienta de indudable valor.
Por eso, en estos seis años hemos acometido un ambicioso proceso de modernización en las relaciones del Gobierno con el Parlamento, poniendo a disposición de diputados y senadores, también de los ciudadanos que quieran dirigirse a ellos, importantes recursos telemáticos.
Perfeccionando el sistema de intercambio electrónico de documentos entre Gobierno y Parlamento.
Un proceso que ha reducido de un modo notable los gastos de impresión y envío de documentos. Sólo en el Ministerio de la Presidencia, en el último año se ha reducido la impresión de documentos en alrededor de 120.000 páginas.
También avanzamos hacia el ciberparlamento agilizando y facilitando el ejercicio del control escrito mediante la aplicación de las nuevas tecnologías. Sólo con la puesta en marcha del sistema de Registro, Comunicación y Respuesta por medios electrónicos, el número de preguntas presentadas por la oposición y contestadas por el Gobierno, se ha más que duplicado.
En definitiva, más participación, más transparencia, más apertura a los ciudadanos, más eficiencia en el trabajo con menos gasto económico. Eso es lo que nos ofrece la aplicación de las nuevas tecnologías a la vida política y parlamentaria.
Y gracias a iniciativas como las que acabo de describirles, lo cierto es que nuestro país ha dado un paso de gigante y, a día de hoy, en el ranking que realiza Naciones Unidas sobre gobierno electrónico, nuestro país se encuentra en los puestos de cabeza a nivel europeo (el quinto) y a nivel mundial (el noveno).
Señoras y señores
Comenzaba esta intervención señalando que la democracia no es un puerto de llegada sino una puerta permanentemente abierta al futuro que hace del cambio la condición misma de su existencia.
A lo largo de este curso van a reflexionar sobre algunas de las vías por las que podemos profundizar nuestra democracia con ayuda de las nuevas tecnologías.
Por mi parte, siempre he creído que el progreso no es una ley natural, es el resultado del trabajo del esfuerzo y del compromiso de todos y muy especialmente de quienes tenemos la responsabilidad de representar a los ciudadanos.
No les queda duda de que, desde el Gobierno de España, seguiremos trabajando por un futuro mejor para los españoles y las españolas y seguiremos apostando para ello por las nuevas tecnologías.
Muchas gracias.
